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La Tierra del Fuego se apaga*

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Subterráneo de Buenos Aires, Línea E, Estación Entre Ríos-Rodolfo Walsh Subterráneo de Buenos Aires, Línea E, Estación Entre Ríos-Rodolfo Walsh

Nuevo Análisis de nuestro colaborador Nicolás Coletto. Qué dicen cuando hablan de lo que pasó. Historia, conquista, genocidio.

“Esta historia transcurre cuando ya habían dejado de arder las hogueras que avistara Magallanes desde el mar y que dieron su nombre a Tierra del Fuego. Es la historia de uno de aquellos duros hombres que la habitaron, que, ocultando quién sabe qué secretos o sueños, ayudaron a apagar las últimas llamaradas de barbarie en aquellas remotas comarcas, hoy definitivamente ganadas por la civilización”.

Así comienza el film rodado en la actual provincia de Tierra del Fuego, en 1955, dirigido por Emilio Fernández. Durante los primeros minutos asistimos a este texto que podemos leer en la pantalla, con un fondo de ganado ovino (una postal muy brit) y algunos arrieros (una postal vernácula), enmarcados todos por la inmensidad de la estepa patagónica. La conocida actriz conductora del ciclo “Clásico Nacional” que emite la Televisión Pública, nos presenta la película y hace foco en lo que costó llevar adelante semejante producción en los confines de la república (“remotas comarcas”), que en aquel entonces -a la luz de un presente hiperconectado en el que todo parece estar al alcance de la mano- alcanzaría un estatus de epopeya. Su comentario sólo aborda dicha dimensión.

Cabe preguntarse, entonces: ¿”Clásico Nacional” entendido en qué términos? ¿El olvido, la omisión, la negación, la connivencia discursiva, podrían ser pensados como parte de la idea de lo “clásico nacional”? Olvidar, omitir, negar; ¿elementos constitutivos de un gen que es parte de la trama de lo “clásico” y de lo “nacional” en nuestro país?

Ítalo Calvino, hablando sobre literatura, sostiene que “los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual”. Iluminando con las palabras de Calvino el cine, habría que discutir si “La Tierra del Fuego se apaga” estaría en condiciones de formar parte de lo “clásico nacional” pues, haciendo un ligero sondeo, la estadística parece indicar que no se trataría de un largometraje “inolvidable” ni estaría alojado en esos “pliegues” en los que descansa la memoria colectiva.

La línea E del subte de Buenos Aires muestra, en la Estación Entre Ríos-Rodolfo Walsh, dos murales temáticos: uno está relacionado con la fundación de los pueblos en la pampa, el otro con la llamada “Conquista del Desierto”. Ambos fueron realizados en 1939, tomando como base los bocetos de Antonio Ortiz Echagüe. Por aquella época, las tensiones entre lo que implicó políticamente la denominada “Campaña del Desierto” en su vertiente aniquiladora/arrinconadora de los pueblos originarios, ni siquiera se pensaba. Y puede comprenderse que las paredes en las que el artista español diseñó los murales hablen de una perspectiva instalada e indiscutible (sarmientina-facundina) en torno al conflicto, que no se concebía como tal.

Lo tristemente sorprendente es que las explicaciones contemporáneas sobre los hechos históricos, dispuestas en vitrinas móviles a un lado del andén, refuercen el discurso que valida la “conquista” sin más, desconociendo el debate actual en relación con el tema y los avances que al respecto –y con un enorme esfuerzo- han ido aconteciendo y continúan. Lo tristemente sorprendente es que quien presenta un ciclo de cine “clásico nacional” no haga en su breve, cuasi tilingo introito, ni una sola apreciación al respecto, silenciando la evolución de una discusión que marca a fuego nuestra época y se celebra, dado que incorpora y suma las voces acalladas a las de los vencedores, configurando un discurso bastante más complejo, menos lineal, más fiel a la necesidad de dar cuenta de cómo se gestan los procesos históricos de los pueblos y qué síntesis se cimentan en función de dilucidar todas las variables de las cuestiones territoriales que, por definición, traen aparejadas conflictividades culturales y relaciones de poder no siempre explicitadas.

“La Tierra del Fuego se apaga” es de 1955, el año de la llamada “Revolución Libertadora” (vaya eufemismo). Y es en ese devenir en el que, como discurso, se inscribe en una matriz hegemónica que lo acoge, lo reproduce y lo retroalimenta. Marcada la cancha en ese contexto se puede rastrear la genealogía discursiva que lo sostiene y definir cuál fue la recepción en el momento de su estreno. Lo que resulta inexplicable es que esa mirada violenta que se nos ofrece ya desde el título, ese decir metafórico de un “apagar” directamente vinculado con la idea matar/aniquilar no sea sometido a análisis, no sea ni siquiera -tangencialmente- enunciado.

* Este trabajo forma parte de un Proyecto de Extensión presentado en el ISFD3 de nuestra localidad.

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