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Entre María Eva, Jorge Rafael y Emilio Eduardo: identidades en juego y sombras indelebles del ADN nacional

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No todas las muertes son idénticas, no todos los cuerpos atraviesan los mismos derroteros. Aún así la verdad emerge, tarde o temprano.

El pasado 17 de mayo se cumplieron cuatro años de la muerte de Jorge Rafael Videla. Profundizar en quién fue y qué hizo sería redundar sobre la crueldad que cada quien en su medida conoce. Sin embargo, como fenómeno relativamente silencioso, no se supo demasiado en torno a qué fue de él luego de convertirse en cadáver (o “Cómo me hice monja”, diría César Aira).

Un aspecto sobresaliente en relación con su paradójica “muerte natural” a avanzada edad y sin sesgos de arrepentimiento sobre -al menos- alguna de las atrocidades cometidas durante la (por fortuna) última dictadura militar tiene que ver, quizás, con ciertos detalles no tan difundidos por los medios masivos de comunicación en el momento inmediatamente posterior a su deceso. Como ejemplo, podríamos decir que parte de la comunidad de Mercedes -que registra veintidós desapariciones-, su pueblo natal ubicado en la provincia de Buenos Aires, se manifestó para resistir y repudiar el deseo de que sus restos descansaran ¿en paz? en la necrópolis de dicha ciudad. Por lo que los familiares decidieron darle sepultura en un cementerio privado de Pilar en el que (¡cómo estarán las napas!) también “descansan” Emilio Eduardo Massera y José Alfredo Martínez de Hoz. A muy pocos metros unos de otros, existe entre estos cadáveres no exquisitos un abismo, un diálogo subterráneo diferencial: el sitio de José Alfredo puede ser identificado con nombre y apellido mientras que Jorge Rafael y Emilio Eduardo están camuflados, acaso pagando una pequeña cuota de los crímenes cometidos: las parcelas asignadas sólo son conocidas por sus allegados, y las placas recordatorias enuncian nombres que no son. Condenados a una identidad falsa -dicen que por el temor que les despierta a sus familiares la posibilidad de algún escrache-, así los restos están. No como quizás pudieron fantasear alguna vez, cuando estuvieron surfeando la cresta de la ola autoritaria: ni en la Catedral de Buenos Aires (junto a José Francisco de San Martín y Matorras) ni en el Convento de Santo Domingo (junto a Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y González). Un ¿indirecto? acto de justicia, finalmente.

María Maggi de Magistris: el nombre que le asignaron los militares de la llamada “Revolución Libertadora” en septiembre de 1955, cuando el general de brigada Jorge Dansey Gazcón secuestró el cuerpo embalsamado de María Eva Duarte de Perón (“Esa mujer”, diría Rodolfo Walsh). Otros dicen que fue el teniente Carlos Eugenio Moori Koenig. Más allá de la disputa histórica, de las obsesiones con y las vejaciones al cadáver -documentadas- y de los quién, el hecho es que el cuerpo fue robado de la CGT por un grupo comando que lo sacó del país. Con el apoyo de la Santa Madre Iglesia, fue sepultado con ese nombre de fantasía, en posición vertical, en un camposanto de Milán. Y allí permaneció durante catorce años. Ahora impacta recorrer el Cementerio de La Recoleta y saber que en ese espacio tan distinguido y cremoso, yacen María Eva (si es que está ahí, en el panteón de los Duarte) y a sólo unos pasos Pedro Eugenio Aramburu, el militar golpista secuestrado en 1974 por el grupo armado revolucionario Montoneros que exigía, entre otras cosas, explicaciones por los fusilamientos de José León Suárez (historia también recuperada por Rodolfo Walsh y Enriqueta Muñiz, que podemos leer en “Operación Masacre”) y la devolución del cuerpo de María Eva Duarte.

Identidades en juego, sombras indelebles de un ADN nacional que da cuenta de cómo la historia se repite y cuáles son los móviles que nos hacen transitar por tan ásperos caminos. Podemos acordar que unos son deleznables, inexplicables otros, parte de nuestra genética argentina todos. Un devenir que se actualiza cada vez que pensamos en el secuestro, tortura y desaparición de personas en el período 7683. Desaparición como fórmula que, una vez más, toma por asalto las identidades para aniquilarlas y condena a miles de seres a deambular por el espacio indefinible del no saber dónde. Del mismo modo se operó con la apropiación de bebés: trocando identidades, impostando falsedades que aún hoy (y se celebra cada vez) son zarandeadas por la verdad que emerge aunque haya quienes deseen lo contario.

“La cuba electrolítica”: el nombre de un libro científico prohibido durante la última dictadura, arrancado de la Feria del Libro de Buenos Aires del ’76, durante un violento operativo de irrupción en una de las posibles mecas de la “subversión”. Tal la ignorancia de los homínidos a cargo de los operativos, que no alcanzaron a discernir que “cuba” está escrito con minúscula porque es un sustantivo común cuya definición nada tiene que ver con la Cuba-país-comunista, conjunto de palabras también prohibidas por aquellas épocas. Ridículo. Muy ridículo. Tan absurdo como creer que un simple cambio de nombres en unas tumbas de verde alfombra de pastos evitará un “escrache”. Tan superficial como querer evitar que nadie estropee el green golf de esas tumbas. Tan paradójico como no darse cuenta de que en la vida, todo el mal proferido regresa bajo extrañas formas de justicia.       

* Este trabajo forma parte de un Proyecto de Extensión presentado en el ISFD3 de nuestra localidad.

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