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Potentes, impotentes y prepotentes

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La intendenta finalmente promulgó la ordenanza de las rucas ¿Esto es solo el fin de un pleito comercial?

Brunilda Rebolledo dictó la puesta en marcha de la ordenanza que habilita por 180 días a las rukas de la comunidad Curruhinca en la base del cerro Chapelco. La velocidad en su promulgación fue inversamente proporcional al tiempo que tardaron los técnicos municipales, concejales y personal del Concejo Deliberante en sancionar la ordenanza, pero se realizó antes de cumplirse los diez días hábiles. De esta manera, por medio del decreto Nº 1.511, con fecha 12 de julio y con la firma de casi todo su gabinete, la máxima autoridad puso fin a toda incertidumbre al respecto y de las presiones sobre su cabeza. Como no podía ser de otra manera, después del relámpago viene el trueno y la intendenta no conforme con promulgarla sacó un comunicado que explica lo sucedido, que a simple vista no se entiende el propósito porque no termina quedando bien con nadie.

Uno de los lugares comunes del comunicado fue ubicar al lonko Curruhuinca como un instigador a la violencia. Frase no solo desafortunada sino algo exagerada, dado que él solo avisó que iba a cortar la ruta de acceso al cerro si el trámite no se arreglaba. Al fin y al cabo esto es ya folclórico en la relación entre las comunidades y los gobiernos de turno. Y como todo el mundo sabe, no hay otra manera que les den bola y los mapuches tienen mucha pólvora y poca mecha.

Sería difícil determinar si cortar una ruta es un acto violento en sí, pero claramente es un “apriete”. Ahora si hablamos de “apriete”, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra, ya que la empresa concesionaria, Nieves del Chapelco no titubeó ni un poquito cuando “apretó” a los concejales antes de la sanción de la Ordenanza. Mediante nota informó a los mismos que de ser aprobada está norma, los obligaría a efectuar planteos judiciales para declarar nula la misma y también para determinar responsabilidades tanto orgánicas como personales de los legisladores que participen de dicho proceso. En castellano, la empresa les dijo que no le iban a hacer juicio al Estado solamente sino a ellos en términos personales.

Parecería que para la intendenta, las comunidades instigan a la violencia en sus reclamos territoriales, mientras que la empresa concesionaria “reclama con justa razón”. Claramente ambos son “aprietes”, pero mientras que Ariel Epulef lo hace en público, la empresa lo realiza a puertas cerradas, dentro de despachos y con métodos quizás más “occidentales”. Y por supuesto, la empresa paga mejor pauta publicitaria en algunos medios locales.

Seguramente la promulgación de la ordenanza generara nuevas expresiones de Juan Carlos Querejeta y Carlos Moldes con su monserga acostumbrada acerca de la falta de cumplimiento de ciertas leyes (y la omisión de otras, por supuesto). Probablemente Gustavo Fernández Capiet sacará otra nota racista sobre este particular y exhortará en nombre de la civilización occidental y cristiana a ponerle límites a éstos, pero en todo caso está nota tendrá aún más gusto a catarsis que la anterior y con la acostumbrada pisca de pucherito incluida. Quizás la próxima vez el hotelero recuerde que en boca cerrada no entran moscas y evite en el futuro decir que los mapuches no son productivos. Aunque tal vez él cuando escribió eso pensaba en mayor crianza de chivos y no en alquileres comerciales en la base del cerro.

Solo un lector inocente puede ver esto como un simple pleito comercial entra la empresa y las comunidades por los límites de la concesión. Vano sería el intento de explicar por qué algunos medios se esfuerzan en plantearlo de esta manera. La discusión de fondo es el pueblo que ya no es y lo impotentes que quedaron algunos en este nuevo escenario. No es casual la nostalgia que profesan algunos cuando hablan de eso tiempos en que los mapuches eran “vecinos” de la localidad como cualquier otro y como todo ese tiempo idílico se rompió cuando vinieron personas de afuera y le metieron ideas como que esas tierras podían ser suyas y que podían tener derechos. También como se sabe, camina más una hormiga que un buey echado. 

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